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Kusen Guy Mokuhô

Kusen Guy Mokuhô

Durante zazen, como durante kin-hin, practicamos la relajación de todo el cuerpo. Sin embargo, ésta relajación se complica si no sabemos qué hacer con las piernas, las rodillas, y también con el dolor.

Relajarse en su verticalidad es, en cierto modo, abrirse, y es también ver qué es lo que impide o lo que se opone, en nuestro cuerpo, a ésta apertura.

Abrirse a “aquello que aparece delante nuestro”, en nuestra mente, en nuestro cuerpo. Lo que aparece es la vida, que sólo puede ser percibida en el momento presente, en el que sentimos y vemos. Y es ahí que miramos en nosotros-mismos. Mirar en nosotros es un acto consciente: movilizamos nuestra mirada consciente hacia aquello que ocurre en nosotros-mismos, ahora.

La mirada se interioriza y la conciencia retorna hacia aquello que vive. Deja de perderse en pensamientos.

Sin la percepción de las sensaciones, no tendríamos conciencia de nuestro cuerpo. Así pues, gracias a las sensaciones, somos conscientes del espacio de nuestro cuerpo. El espacio de la piel no limita el espacio del cuerpo, y cuando estudiamos las sensaciones de las manos, por ejemplo, durante zazen, nos cuesta percibir el interior y el exterior. Las manos son un espacio de consciencia; la sensación misma se mezcla a la conciencia que la mira. No son dos.

El Buda recomendaba “percibir la sensación en la sensación.” Lo cual significa, penetrar totalmente una sensación, aquella que cada cual elija, y estudiarla, mirarla, penetrarla. La sensación en la sensación se vuelve sensación de ser, pura sensación de presencia que no es, en realidad, física, sensación de un espacio que, en realidad, no tiene fronteras.

Y la sensación que habéis elegido, podéis extenderla a todo el cuerpo; os daréis cuenta de que la conciencia está en todas partes al mismo tiempo. No podemos encontrarle una parte alta o una parte baja, ni un principio, ni un fin. Cuando entramos en esa conciencia, conocemos el silencio aun cuando haya ruido en nuestro entorno.

Esa Presencia, la conciencia de la Presencia, es verdaderamente nuestra intimidad, es verdaderamente el espacio en el que percibimos nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestros pensamientos que aparecen, de despliegan y luego desaparecen.

La conciencia de la Presencia no tiene forma, pero mira las formas.

No es una sensación, pero es totalmente consciente de las sensaciones.

No es un pensamiento, pero los mira y cuando la conciencia se implica en los pensamientos, se ausenta –en cierto modo- de sí-misma.

Así, pues, permaneced lejos de los pensamientos, miradlos pasar.

El Buda utilizaba la imagen del espejo: “la conciencia, en tanto que percepción pura, cuando no hay un ego que se la apodera, es comparable a un espejo límpido, donde las formas, las sensaciones, los pensamientos, el mundo fenomenal, aparecen como reflejos. Nuestra meditación es ser ese espejo que permanece vacío, a pesar de reflejar todas las apariencias, todas las formas. Volvemos a ese espejo que no se apodera de nada, que no coge ni rechaza nada, que es tranquilo, luminoso, que lo ve todo sin elegir un bando, que no interviene nunca.

El Buda dice: “cuando nos damos cuenta de que nuestro cuerpo, y todo lo que posee: sensaciones, percepciones, y el espacio que el cuerpo ocupa, no son más que el campo de la experiencia de la conciencia, cuando nos damos cuenta de ello, no tenemos necesidad de apoderarnos de lo que sea. No hay ya ningún objeto de apropiación.”

La visión acertada consiste en mantenerse constantemente en esta perspectiva, y nunca apartarse.

Kusen de Guy Mokuhô